Por Ignacio Anaya

Para este escrito escogí tres fotografías que, pese a sus distintos contextos espaciales y temporales, comparten acciones, gestos y una escenografía que se adentra en el terreno de lo macabro. En ellas, la barrera moral entre la vida y la muerte se desvanece. En su lugar, los protagonistas de las imágenes trastocan las convenciones impuestas por los códigos morales y transgreden lo que entendemos por respeto a los muertos.

La primera imagen muestra a un ranger de Texas, posiblemente Jack Webb, que sostiene en la mano izquierda un cráneo con un sombrero puesto y con su otra mano le apunta directamente con un revólver. En su expresión hay una sutil sonrisa de satisfacción, cercana a una mueca, mientras mantiene la mirada fija en el cráneo. La fotografía fue tomada alrededor de 1915, en un periodo en el que los rangers y grupos de vigilantes asesinaron a cientos de mexicanos y mexicoamericanos en una campaña de violencia sistemática, como represalia por una serie de incursiones en Texas atribuidas a bandoleros de origen mexicano. Para los rangers, se trataba de una guerra que exigía el uso de la fuerza para garantizar la paz en la región. Numerosas personas inocentes fueron asesinadas.

La siguiente imagen, tomada en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, muestra a un soldado estadounidense que mira sonriente el cráneo de un militar japonés. Al mismo tiempo, le coloca un cigarrón en la boca, como si se tratara de un juguete al que le pudiera añadir accesorios. El gesto parece dar a la escena un tono humorístico. Se pueden encontrar varias fotografías de esta naturaleza y del mencionado contexto histórico, lo cual revela la repetición de esta práctica entre las tropas estadounidenses que combatieron al Ejército Imperial Japonés. De hecho, algunos de estos cráneos terminaron en las casas de Estados Unidos, transformados en trofeos de guerra.

La tercera imagen es más controvertida, ya que remite a nuestro propio presente, a un genocidio en curso. Por eso mismo, es menester incluirla aquí. Tomada a comienzos del 2025, muestra a un soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel que posa con su pie izquierdo sobre un cráneo que yace en el suelo, en lo que parece un gesto de dominio.  Un filtro oculta el rostro del individuo.

Al observarlas, uno piensa en la deshumanización que las recorre y en la naturaleza violenta y morbosa inserta en el ser humano. También se pregunta uno sobre qué ocurre en los rincones más oscuros de la mente de quienes son capaces de encontrar una forma de entretenimiento o un humor retorcido en la reconfiguración de lo que antes fue vida. A primera vista, estas imágenes parecen demostrar que las actitudes que dignifican el concepto de la civilización son una ficción.

Sin embargo, se hallan interpretaciones más complejas para analizar este fenómeno. El antropólogo Simon Harrison (2006) identifica un vínculo simbólico entre la caza, la masculinidad y la raza como trasfondo de la práctica del personal estadounidense de conservar cráneos japoneses. Según argumenta, en Estados Unidos la cacería estaba relacionada con el nacionalismo blanco y contribuía a reafirmar la identidad masculina. La figura del cazador cargaba consigo la imagen de la masculinidad ideal. Este imaginario se trasladó a la guerra del Pacífico y se proyectó sobre el japonés, a quien se solía representar con rasgos animales (Simon Harrison, “Skull Trophies of the Pacific War: Transgressive Objects of Remembrance”, 820-821). Desde esta perspectiva, se puede intuir que quienes posaron con estos cráneos no veían grandes diferencias entre su conducta y la de un cazador que posa junto al cuerpo de su presa y lo conserva como trofeo.

La antropóloga Cora Bender (2009) ofrece otra interpretación de esta acción en un contexto histórico distinto. Al investigar la recolección de trofeos de guerra, particularmente de partes del cuerpo humano por estadounidenses durante las guerras indias, Bender identifica un proceso de mimesis dentro del conflicto. Se trata de adoptar la violencia atribuida al enemigo para combatirlo con sus supuestas prácticas. Una lógica en la que la deshumanización del otro permite tal accionar. Para la investigadora, este fenómeno consiste en “la apropiación de la cultura enemiga […] la fabricación de un primitivo, una copia violenta del enemigo cuyo terror es desatado para destruir a ese enemigo” (Cora Bender, “Transgressive Objects in America: Mimesis and Violence in the Collection of Trophies during the Nineteenth Century Indian Wars”, 505). La brutalidad del acto se legitima mediante la creación de un otro definido de antemano como violento. Sus restos son transformados en reliquias de una violencia que oscilaba entre la ficción y la realidad.

Este es un paradigma del comportamiento bélico y de la visión sobre el enemigo que tienen los participantes de las fotografías con cráneos. ¿Por qué hacen esto? ¿Qué significado tiene? Tal vez sean las preguntas que se plantean quienes observan estas fotografías, después de la indignación inicial. Si la mirada se detiene en esa reacción, quedan fuera del análisis las problemáticas más profundas que subyacen en este fenómeno. Son cuestiones nada menores, pues hasta la actualidad, como lo revela la última fotografía, continúa esta práctica.

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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, creador de “El pasado a color”, columnista de El Heraldo de México y colaborador de “El dedo en la llaga”

Contacto: @Ignaciominj

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