Mejora tu vida

Por Claudia Rosas

Durante un curso de titulación sobre adicciones a la tecnología, mostré una imagen a los alumnos y pregunté qué observaban.

Una mujer hacía scroll en su teléfono. Una escena cotidiana.

Las respuestas fueron distintas: compras, aburrimiento, soledad, pertenencia o conversación a distancia.

Entonces pregunté:

¿Y si está intentando llenar un vacío?

La imagen era la misma. Lo que cambió fue la percepción.

Desde la neuropsicología, una conducta no puede explicarse solo como falta de voluntad. Hay que mirar la historia, el estado emocional, las condiciones neurocognitivas y aquello que la persona encuentra en una pantalla como recompensa, escape o alivio.

Pero mientras uno obtiene gratificación, alguien puede estar pagando el costo de su ausencia.

Una relación no siempre termina después de una gran discusión. A veces desaparece lentamente: alguien espera que termine el videojuego, que deje el teléfono, que llegue el momento de conversar, comer juntos o simplemente mirarse.

Hasta que se cansa de esperar.

Aquello que primero se reclama, después se extraña y finalmente deja de esperarse.

Tuve la experiencia de un viaje pensado que era para compartir, que terminó en dos experiencias distintas: una persona absorbida por la pantalla y otra sintiéndose sola a su lado. La imagen queda registrada; el encuentro, no necesariamente.

En otra ocasión, una paciente se adelantó a felicitarme por mi cumpleaños. Alguien a mi lado escuchó y no dijo nada. Después apareció la felicitación en Facebook.

Aun siendo colegas.

Ser profesionista o tener títulos no garantiza habilidades sociales, sensibilidad ni diplomacia.

Nuestro cerebro realiza algo extraordinario cada vez que hablamos. Redes relacionadas con la comprensión y producción del lenguaje coordinan, en fracciones de segundo, significado, intención, memoria, respiración, voz y articulación.

Un pensamiento se convierte en palabra gracias a una arquitectura cerebral extraordinaria.

Aun con toda esa capacidad, podemos leer un mensaje y elegir dejarlo en visto o responder con un emoji.

Hay circunstancias —un accidente, una lesión, una enfermedad— en las que alguien daría todo por recuperar la posibilidad de expresarse: pedir perdón, decir “te quiero”, “estoy arrepentido”, “necesito ayuda” o simplemente hacerse entender.

No tendría que ser necesario perder esa capacidad para descubrir su valor.

La pandemia convirtió las pantallas en una ventana necesaria. Volvimos al mundo, pero parte de aquella forma de relacionarnos permaneció. Hoy escucho con frecuencia: “No tengo habilidades sociales”.

Y esas habilidades también se construyen —o se debilitan— en la convivencia cotidiana. También aprendemos observando.

Por eso, si alguien deja de hablarte, no dejes tú de expresarte. Si deja de mirarte, no pierdas tú la capacidad de mirar.

Y si alguien elige permanecer frente a una pantalla, no lo imites.

No dejes que la desconexión del otro se convierta también en tu manera de relacionarte.

Que la ausencia de alguien no nos enseñe a desaparecer.

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La autora es Licenciada en Psicología | Docente universitaria

Mtra. en Psicología Familiar

Mtra. en Neuropsicología

Psicoterapia clínica, familiar y de pareja

Terapia en línea

WhatsApp: +52 664 177 7275

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