Por Ignacio Anaya

El 15 de septiembre de 1926 marchaban las túnicas blancas en la capital de Estados Unidos. Los integrantes del Ku Klux Klan se reunieron en Washington para la tercera convención bienal. Este Klan correspondía a un resurgimiento del primero del siglo XIX, inspirado por la película El nacimiento de una nación (1915) de D. W. Griffith, la cual con toda confianza se postuló como alternativa al texto histórico y representaba una visión heroica del primer Ku Klux Klan. Pocos años después de aquel filme, el Klan contaba con millones de miembros en todo el país, un número que para 1926 iba ya en declive. Aun así, bajo la batuta del orgullo blanco desfilaban por las calles de la capital. En la convención, uno de los temas fue México.
Apenas había transcurrido poco más de un mes desde que comenzó una nueva guerra en aquel país. Una entre la religión católica y el Estado, una que atraía el interés de varios observadores en Estados Unidos. Como documenta el historiador Jason H. Dormady (“Dear Mr. Calles”, 2020), no pocos estadounidenses protestantes y masones le enviaron cartas de apoyo al presidente Plutarco Elías Calles, expresándole su simpatía y viendo en México un baluarte contra la expansión de la Iglesia católica. En una de las cartas que presenta Dormady, un ciudadano de Oregón le escribía al Presidente, a propósito del conflicto, que “hoy México se encuentra absolutamente solo en el campo del verdadero progreso”. A fin de cuentas, el gobierno mexicano fue bastante generoso con los protestantes y conservaba buenas relaciones con Washington. Según las cifras de Jean Meyer en La Cristiada (1972), en el territorio mexicano había 262 misioneros protestantes en 1922 y la rama metodista contaba ya con 200 escuelas para 1926.
Entre el apoyo se encontraba una presencia del Klan que, si bien no unánime, era lo suficientemente amplia como para que en aquella convención de septiembre la organización declarara su simpatía por el gobierno de Calles “en sus esfuerzos”, decía la resolución tomada, “por liberar a la población de influencias extranjeras embrutecedoras”. Sin embargo, también le exigía a Estados Unidos no intervenir en el conflicto a menos que peligraran las vidas de ciudadanos estadounidenses o fuera necesario “proteger los principios de la Doctrina Monroe”, según consignó el periódico Evening Star el 15 de septiembre de 1926.
Resultaba, pues, curiosa la evocación de la Doctrina Monroe, pero por el momento los miembros del Klan consideraban que la guerra debía mantenerse como un asunto interno de México. Eso sí, se anunció en aquella reunión su disposición a defender al vecino del sur en el caso de que una potencia extranjera lo invadiera, según informaba el periódico metodista Southern Christian Advocate el 23 de septiembre.
Para ser preciso, esta peculiar simpatía de varios integrantes del Klan obedecía a su propia concepción del catolicismo, es decir, a su visión anticatólica. El Klan la heredó históricamente de las concepciones sobre la religión católica. Por ejemplo, estaba la influencia de la leyenda negra española que se mezcló con el nacionalismo religioso estadounidense. El componente protestante de la organización se conectaba con una identidad nacional nativista dirigida por y para el ciudadano estadounidense ideal: protestante y blanco, entre otras cosas.
En ese sentido, explica Linda Gordon en The Second Coming of the KKK (2017), el Klan concebía a la Iglesia católica como una fuerza cuyos integrantes no tenían otra lealtad sino hacia Roma y el Papa. Este último, además, ejercía un poder autoritario antidemocrático al demandar la obediencia de sus seguidores. De tal manera, se entiende mejor por qué una organización con bases raciales y patrióticas apoyaría al gobierno mexicano en su conflicto contra los cristeros, pues, desde sus imaginarios, aquel enfrentamiento representaba su lucha contra el catolicismo y la influencia extranjera. México se convirtió en un espacio de combate en donde los imaginarios y deseos del Klan sobre la Iglesia católica podían volverse reales. Era, por así decirlo, una caja de arena con componentes que esta organización quería hallar en su propia experiencia.
Por supuesto que el Klan no era homogéneo y no todos compartían la misma interpretación de la Cristiada. En Texas, según registra Dormady, algunos de sus miembros sostenían que México en su conjunto era un territorio despreciable. Esto, claro, derivaba de las propias relaciones históricas entre anglos y la comunidad mexicana en dicho estado.
Después de cien años, la Cristiada continúa siendo una guerra atractiva para varias miradas y un espacio de combate ideológico. Un sector de la ultraderecha mexicana observa con orgullo la reacción cristera, pero es ese mismo sector el que evoca con igual orgullo su cercanía con la ultraderecha estadounidense, aquella con simpatías hacia el Klan. Otros defienden una identidad mestiza vinculada a España y se apoyan en la Cristiada para sostener una cultura hispanista presente en México. En todo caso, es atrayente observar cómo un conflicto tan peculiar podía comprenderse dentro de lugares que a primera vista parecen ajenos. Esto, en un momento en que diferentes ideologías, en ascenso y descenso, miran al pasado en busca de vestigios para reforzar sus creencias y prejuicios.
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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, creador de “El pasado a color”, columnista de El Heraldo de México y colaborador de “El dedo en la llaga”
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