Mejora tu vida
Por Claudia C. Rosas

En la primera parte de El precio de permanecer hablamos de cómo el control psicológico puede instalarse poco a poco en una relación, hasta llevar a una persona a medir sus palabras, anticipar reacciones y modificar su propia conducta para evitar conflictos. También planteamos una pregunta que desde fuera parece sencilla: “¿por qué no se va?”. Pero permanecer no siempre significa no darse cuenta de lo que está ocurriendo. A veces significa haber pasado tanto tiempo adaptándose al miedo, la incertidumbre y el control que esa experiencia comienza a tener consecuencias mucho más profundas.
Pero el precio de permanecer durante mucho tiempo bajo miedo, tensión o control no se queda solamente en las emociones. El cerebro también se adapta a aquello que vive de manera repetida. Cuando la amenaza se vuelve cotidiana, el organismo puede aprender a funcionar en estado de alerta: el sistema nervioso simpático se activa con mayor facilidad y la persona empieza a estar pendiente de señales que anuncien el próximo conflicto. Una mirada, un cambio en el tono de voz, un silencio prolongado o una amenaza velada pueden ser suficientes para encender esa respuesta, aun cuando en ese momento no exista una agresión física.
Esa hipervigilancia tiene un costo. La atención comienza a dirigirse hacia la amenaza: “¿por qué me miró así?”, “¿qué hice mal?”, “¿qué digo para que no se enoje?”, “¿qué va a pasar mañana?”. Y mientras una parte importante de los recursos mentales está ocupada anticipando y tratando de prevenir la siguiente reacción, puede resultar más difícil concentrarse, organizarse, recordar, evaluar alternativas o tomar decisiones con claridad.
Aquí también participa la corteza prefrontal, fundamental para funciones ejecutivas como la inhibición, la flexibilidad cognitiva, la planificación y la toma de decisiones. Hoy existe evidencia neuropsicológica de alteraciones en varias de estas funciones en personas que han vivido violencia de pareja. Un metaanálisis reciente de 22 estudios encontró menor desempeño particularmente en flexibilidad cognitiva e inhibición, además de dificultades descritas en planificación, razonamiento y toma de decisiones.
Esto no significa que el cerebro quede “dañado” inevitablemente ni que todas las personas respondan igual. Significa que el estrés sostenido puede producir cambios neuroplásticos en los circuitos que participan en la regulación emocional y las funciones ejecutivas. La investigación sobre estrés crónico ha documentado cambios funcionales y estructurales en circuitos de la corteza prefrontal, una región especialmente importante para pensar, regularnos y decidir.
Y el desgaste puede llegar todavía más lejos. Pueden aparecer dificultades para dormir, ansiedad persistente, síntomas depresivos, pérdida de interés o de motivación y una disminución de la capacidad para disfrutar aquello que antes producía placer. En algunas personas pueden desarrollarse depresión, trastornos de ansiedad o síntomas de estrés postraumático. La incertidumbre constante —no saber qué reacción viene, qué ocurrirá con la relación o qué pasará con el futuro— puede mantener a la persona viviendo en una especie de zozobra permanente.
Por eso no siempre estamos frente a alguien que simplemente “no quiere decidir”, “no sabe qué hacer” o “debería irse”. Puede haber una persona que lleva meses o años funcionando entre la incertidumbre y la amenaza, intentando comprender qué viene después y reorganizando su vida alrededor del estado emocional de otra persona. Y cuando el futuro se convierte en una fuente permanente de zozobra, el presente empieza a vivirse en modo de supervivencia.
Entonces la pregunta deja de ser solamente “¿por qué permanece?” y empieza a ser también: “¿qué le ha ocurrido mientras ha permanecido?”.
Cuando gran parte de la vida psíquica se organiza alrededor de evitar el enojo, el castigo o el rechazo, la autonomía empieza a reducirse desde dentro.
El tiempo aparece aquí como consecuencia, no como explicación. Mientras se intenta sobrevivir emocionalmente, la vida continúa. La casa, el matrimonio, el cambio prometido, la estabilidad, el documento o cualquier proyecto futuro pueden convertirse en razones para soportar un presente que produce miedo, ansiedad o pérdida de autonomía. Vivir en el aquí y el ahora no significa renunciar a los proyectos; significa no hipotecar completamente el presente para una vida que todavía no existe.
Por eso quizá no baste preguntar: ¿qué estoy esperando? También habría que preguntarse: ¿cómo me estoy sintiendo mientras espero?, ¿quién me estoy convirtiendo para poder permanecer?, ¿esta relación me permite vivir o me mantiene principalmente tratando de sobrevivir emocionalmente?, ¿estoy construyendo un futuro o justificando con ese futuro un presente que ya no quiero vivir?
Elegirse no significa necesariamente irse. Tampoco significa permanecer. Significa recuperar el lugar interno desde donde decidimos: volver a confiar en nuestra percepción, buscar información independiente, recuperar vínculos, proteger recursos y reconocer la realidad presente sin entregarle a otra persona la autoridad absoluta sobre nuestra vida.
Porque ningún matrimonio, casa, documento, promesa o proyecto futuro puede devolvernos exactamente el tiempo que ya pasó. El futuro seguirá siendo incierto. La vida no comienza cuando finalmente ocurra aquello que esperamos: está ocurriendo ahora. Y quizá una forma profunda de libertad empiece cuando podemos decir: puedo permanecer por ahora, pero ya no voy a perderme para poder hacerlo.
Y quizá aquí también haga falta mirar a quienes observan desde afuera. Porque mientras una persona intenta entender qué le está ocurriendo, muchas veces también carga con las críticas de los demás: “¿por qué sigue ahí?”, “¿por qué lo permite?”, “¿por qué no se va?”. A veces incluso termina aislada, señalada o sintiendo que ya no tiene un lugar seguro al cual regresar. Juzgar desde afuera es fácil; comprender lo que ocurre dentro de una relación marcada por miedo, dependencia, incertidumbre y pérdida de autonomía exige otra mirada.
Comprender no significa justificar la violencia. Significa reconocer que quien la vive puede estar intentando sobrevivir emocionalmente con los recursos que todavía tiene. Puede ser una mujer, un hombre o una persona dentro de una relación del mismo sexo. El control, la humillación, la dependencia y el miedo no pertenecen a un solo género ni a una sola forma de pareja.
Tal vez el verdadero precio de permanecer no sea únicamente el tiempo que pasa dentro de una relación que lastima. También puede ser la pérdida progresiva de la voz propia, de la confianza en uno mismo, de los vínculos, de la tranquilidad y del lugar que antes se ocupaba en la propia vida. Y si además quien atraviesa esa experiencia encuentra juicio en lugar de comprensión, el peso puede ser todavía mayor.
Antes de preguntar “¿por qué sigue ahí?”, quizá valga la pena preguntarnos: “¿qué ha tenido que vivir para que salir, decidir o incluso reconocerse a sí mismo se haya vuelto tan difícil?”.
Porque comprender por qué alguien permanece no significa justificar aquello que le están haciendo; significa dejar de añadir otra herida a quien ya está intentando sostenerse.
Ese también puede ser el precio de permanecer: perderse poco a poco mientras los demás solo preguntan por qué no se fue.
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La autora es Licenciada en Psicología | Docente universitaria
Mtra. en Psicología Familiar
Mtra. en Neuropsicología
Psicoterapia clínica, familiar y de pareja
Terapia en línea
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