Mejora tu vida
Por Claudia Rosas

La noche del 7 de octubre me dormí sin imaginar lo que recordaría al amanecer. Dormí de corrido, algo inusual en mí, porque suelo despertarme varias veces durante la noche. De aquella madrugada recuerdo haberme girado y haber visto a mi madre acostada a mi lado. Le pedí que se quedara, que la necesitaba.
No sé si fue un sueño. Quizá las emociones y los recuerdos que llevaba conmigo encontraron su imagen mientras dormía, y mi necesidad de protección tomó la forma de su compañía. Amanecí con una tranquilidad que hacía tiempo necesitaba.
Mi madre sabía darme esa tranquilidad y seguridad. Tenía un don especial para escuchar y la sabiduría para orientar a las personas. Recuerdo la confianza de saber que podía contar con ella, incluso en los días difíciles.
Desde que partió, he atravesado muchas experiencias sin su compañía. He tomado decisiones que hubiera querido conversar con ella y vivido momentos en los que me habría bastado escuchar su voz. Extraño la tranquilidad que encontraba junto a mi madre.
Volvieron también sus palabras: «No te preocupes, Claudia; mañana no sabemos si llegamos. Ocúpate de hoy». Cuando trato de resolver de antemano todo lo que podría pasar, recordar su consejo me ayuda a volver al presente y a lo que está en mis manos.
Con los años, comprendo de otra manera lo que me enseñó. Su fortaleza me acompaña en decisiones que ahora me corresponden. A veces entiendo una de sus palabras al enfrentar una situación que antes no había vivido. Entonces descubro algo de ella en mi manera de responder.
Al amanecer me di cuenta de que era 8 de octubre, su cumpleaños. Esa coincidencia dio un significado especial a lo vivido durante la madrugada: era el día de celebrar su nacimiento, y yo había despertado con algo que sentí como un regalo suyo.
Gracias a ella estoy aquí. Su nacimiento hizo posible el mío. Al agradecer su vida, agradezco esta oportunidad de existir, con todo lo que todavía tengo por conocer y aprender.
La extraño, pero en esta fecha también puedo celebrar a la mujer que fue, más allá de la enfermedad y del dolor. Dar gracias por sus años, por nuestro vínculo y por lo que dejó en mí. Su consejo vuelve a tener sentido: todavía tengo un día por vivir.
Quienes han perdido a su mamá quizá encuentren en su recuerdo una forma de tomar fuerza o comprender algo que ella les enseñó. Su sabiduría y su ejemplo pueden seguir acompañando decisiones y dando impulso en momentos difíciles. Celebrar su vida también es reconocer cuánto de lo recibido permanece, aun después de su partida.
No todas las personas encontraron ese cuidado en su madre. Hay historias de distancia, abandono o dolor que también merecen ser escuchadas. Honrar la propia existencia no exige agradecer lo que hizo daño. Nuestra vida tiene valor por el hecho de existir, y aún podemos elegir cómo vivirla.
«Hay coincidencias que nos regalan la calma que necesitábamos.»
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La autora es Licenciada en Psicología | Docente universitaria
Mtra. en Psicología Familiar
Mtra. en Neuropsicología
Psicoterapia clínica, familiar y de pareja
Terapia en línea
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