Por Ignacio Anaya

En Brasil, la contienda presidencial parece favorecer al candidato Flávio Bolsonaro.  Las elecciones del pasado domingo 4 de octubre lo pusieron por arriba de Luiz Inácio Lula da Silva, pero, como ninguno de los candidatos superó el 50 % de los votos, habrá una segunda vuelta el 25 de octubre. De ahí que prefiera hablar en términos de posibilidad, puesto que tampoco me quiero lanzar a afirmar quién será el futuro presidente de Brasil. De todas formas, lo que es un hecho es que el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro salió reforzado en el Congreso brasileño y con ello da paso a un parlamento que estará controlado por la derecha. Con todo, la izquierda democrática en Brasil enfrenta un escenario desfavorable.

Con respecto al proceso electoral brasileño, se desató una avalancha de opiniones y análisis en Occidente. Esto parece ya una reacción repetitiva que sigue a cada resultado de una elección en Suramérica y cuyo tema central es la derecha y la izquierda. Sin ofrecer un análisis político, prefiero centrarme en la reducción por no poca gente de la experiencia política de esta compleja región a un conflicto entre dos polos ideológicos que aparenta ser interminable.

Pocos se dan a la tarea de criticar estas reacciones. Es más fácil opinar sobre la situación en Brasil que examinar las interpretaciones que tal resultado, o posible resultado, desata. La urgencia que tenemos de decir algo, desde luego, no falta. Ciertamente, esta avalancha satura los medios, pero es por esa misma razón que vale la pena comentar y denunciar el daño que la sobreinterpretación le hace al entendimiento de la política latinoamericana.

La primera de estas reacciones consiste en concebir la política latinoamericana como una constante alternancia entre la izquierda y la derecha. Es probablemente la interpretación más difundida, al punto de que ya varios la consideran una realidad inevitable de Latinoamérica. En ese sentido, no faltan quienes aceptaron que la contingencia no opera en este territorio; que el determinismo dicta un gobierno de izquierda, seguido de uno de derecha y así sucesivamente.

El problema de esta manera determinista de ver la política es que sustituye la posibilidad de un cambio real por un futuro estancado, en el que ningún proyecto perdurará. Cualquier capacidad de acción en la región enfocada a proyectos duraderos es desplazada al imaginario de lo imposible o de la fantasía.

Otra reacción frecuente es aquella que denuncia la injerencia de naciones extranjeras en las elecciones de América Latina. Tras las victorias de la derecha en Argentina, Chile y Colombia, y lo acontecido en la primera vuelta de Brasil, la acusación hacia Estados Unidos se ha vuelto extensa. Esto parte de un punto de convergencia al que llegan la experiencia de la región en el siglo veinte y sucesos recientes como la intervención militar en Venezuela. Dicho eso, esta reacción no es exclusiva de la izquierda, pues la derecha también ha denunciado algo similar con respecto a China y, en menor medida, Rusia.

Ahora bien, no dudo para nada que estas fuerzas extranjeras tengan intereses en Latinoamérica y se vean beneficiadas de las cercanías con el gobierno en turno. Sin embargo, atribuirles total responsabilidad sugiere una lectura superficial que menosprecia los asuntos locales. El principal problema de las explicaciones que atribuyen el resultado exclusivamente al extranjero es que ignoran la agencia de los actores domésticos (que pueden ser influenciados por ideologías similares en otras naciones) en sus propios contextos, las razones que tienen los votantes para elegirlos y las estrategias de tales actores para ser opciones atractivas.

Por último, hay que hablar un poco de la izquierda y su interpretación de estos cambios que sufre Latinoamérica. Ante la posibilidad de que Brasil cambie de un gobierno considerado de izquierda (la etiqueta de por sí es algo general) a uno de derecha, o dirán de extrema derecha, surge una pregunta: ¿Qué se hizo mal? Respuestas hay varias: “hubo injerencia extranjera”, “la izquierda se volvió demasiado woke”, “le fallaron a la clase trabajadora” o inclusive que “no fue lo suficientemente dura con la oposición”.

 Sin embargo, una de las reacciones más perjudiciales para la izquierda es la reducción de las elecciones a una disputa meramente moral. Por lo general, quienes protestan de esta forma lo hacen mediante memes en los cuales la izquierda se presenta como opción buena y la derecha como la mala. La cuestión radica en que reducir procesos complejos obstaculiza su comprensión, lo que dificulta posibles estrategias reales de acción. El filósofo Mark Fisher en Realismo capitalista (2009) señalaba que “ninguna posición ideológica puede ser realmente exitosa si no se la naturaliza, y no puede naturalizársela si se la considera un valor más que un hecho”. La izquierda, al menos la de las redes sociales, ha sido apropiada como una identidad moral, una identidad que no garantiza que sus propuestas sean naturalizadas para ser alternativas reales. Ahí, me parece, se halla un problema, pues esta certeza de estar del lado correcto amenaza con desplazar el análisis de las razones por las que la extrema derecha gana.

****************************************

El autor es Licenciado y Maestro en Historia, creador de “El pasado a color”, columnista de El Heraldo de México y colaborador de “El dedo en la llaga”

Contacto: @Ignaciominj

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *