Por Ignacio Anaya

Eran invasores en una nación fragmentada, pero en ese momento se hallaban invitados por el alcalde a un baile local, exótico en su mirada. La pista de baile se encontraba afuera de una de las casas más grandes que podían ver, a pesar de que fuera de noche. Con la luz de la luna bastaba. Alrededor se habían colocado bancos de madera en un círculo. Los acompañaban mesas que ofrecían en venta cigarrillos, panes azucarados y golosinas a los asistentes. En los bancos estaban las señoritas con vestidos de calicó, bellas bajo la luna y con una personalidad tímida que a los invasores les recordaba a las mujeres creoles de sus tierras. Los hombres vestían camisas blancas y unos pantalones de lino blanco. Pese a estar frente a las fuerzas invasoras, se portaban con cortesía. En una silla, un hombre jorobado y de baja estatura marcaba con su violín el ritmo. Ya estaba todo puesto en marcha cuando llegó la orden del cuartel, dirigida al coronel, presente entre los espectadores, para que preparara a sus tropas ante un posible ataque.
El fragmento anterior proviene de la experiencia de un soldado estadounidense durante la invasión militar en México, en 1846. Aquel evento que describió antes de que lo interrumpiera la guerra fue un fandango, un baile típico del país y de otras regiones de Latinoamérica. Este conjunto de baile, música y verso en una tarima, condensado en una palabra cuyo origen admite distintos rastreos, apareció en el territorio novohispano a finales del siglo XVIII y principios del XIX, como una expresión de la identidad popular.
Relata Ricardo Pérez Montfort que la popularidad del fandango le valió prohibiciones de la autoridad peninsular, puesto que esta veía en su coreografía una ofensa a la moral y, en sus versos, críticas al gobierno. (Pérez Montfort, Estampas del nacionalismo popular mexicano, 1994, 21). Más tarde, ya en el México independiente, el fandango pasó a ser parte de lo que los observadores entendieron como una típica fiesta mexicana.
Esta popularidad de los fandangos, en sus distintas variantes, atrajo la mirada extranjera, especialmente la de hombres blancos angloparlantes. El ejemplo del militar ofrecía una descripción hecha a partir de su experiencia de guerra. Ya sabía que se trataba de un fandango, utiliza esa palabra, pero, al serle una usanza ajena, no podía más que compararlo con sus lugares comunes para comprender lo que observaba: “En verdad, la fiesta se parecía a un baile campestre como los de nuestra tierra”, comentaba el soldado.
Otros observadores estadounidenses que viajaron a México retrataron con desprecio el fandango al considerarlo un acto de degradación moral. El historiador Arnoldo de León apunta en su obra They Called Them Greasers: Anglo Attitudes toward Mexicans in Texas, 1821–1900 (1983) que los ciudadanos anglos asentados en Texas miraron con abierta molestia el fandango y, por lo tanto, lo catalogaron como una práctica inmoral e incivilizada por su aparente carácter insinuante. De León subraya que, en particular, la participación de las mujeres activó en los observadores anglos una reacción que mezclaba fascinación, erotismo, provocación y, simultáneamente, a la vez que reforzaba estereotipos raciales y de género preexistentes. Un anglo que visitó México en 1841 escribió lo siguiente sobre el fandango en el periódico San Luis Advocate de Texas: “[…] ciertamente, no hay costumbres más desmoralizadoras que las prácticas de esta institución nacional del baile, introducida evidentemente en México por los españoles y establecida y fomentada por un clero impío […]”. Puedo decir con verdad que en México más mujeres inocentes han sido llevadas del fandango al deshonor y la ruina que del altar a hogares virtuosos.” Para quienes comulgaban con la ideología del progreso decimonónico, el fandango quedó ligado al “atraso” hispano y a una supuesta desviación del “buen” comportamiento femenino.
Con los años se conformó una coexistencia engorrosa entre anglos y mexicanos en los territorios que pasaron a ser parte de Estados Unidos. Por lo tanto, el fandango, que continuó practica por la comunidad mexicana en suelo estadounidense, fue visto por no pocos con un desagrado apuntado al sector popular. En 1859, un corresponsal del periódico Frank Leslie’s Illustrated viajó a Texas y escribió que, a excepción de un limitado número de familias respetables, la población mexicana en San Antonio estaba compuesta por los sectores más bajos de la sociedad, con abundancia de vicios y sin ninguna virtud. En su camino pudo observar los fandangos, de los cuales anotó con desdén: “Son frecuentados por los órdenes más bajos de la gente”. Asimismo, señaló con ironía que, junto con las peleas de gallos, el fandango “ayudaba a elevar y refinar a la gente de San Antonio”. El baile, para este observador, parecía confirmar sus pensamientos ya instalados sobre el peón mexicano.
Hacia de la década de 1870 se dictaron en Texas medidas prohibitivas contra el fandango. Esta medida demostraba que el comentario anglo contra tal manifestación cultural no se limitaba al campo de las interpretaciones. Esto, claro, no evitó que continuara en algunos espacios, de manera más reservada. En todo caso, las observaciones de estos individuos aquí expuestas remiten a una escena en donde un baile puede aproximar al imaginario de aquella época y, en concreto, a la visión que desde un grupo se manifiesta contra otros.
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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, creador de “El pasado a color”, columnista de El Heraldo de México y colaborador de “El dedo en la llaga”
Contacto: @Ignaciominj