Por Ignacio Anaya

“El mundo podrá acabarse, pero el progreso sigue en marcha”, comenta Robert House, uno de los antagonistas de la serie Fallout. Sus palabras evocan una tensión entre una civilización al borde del colapso nuclear y el afán de las élites por preservar su poder en un escenario postapocalíptico. La manera en que Fallout aborda el fin del mundo es peculiar porque lo convierte en un producto mediante la venta de espacios en búnkeres a quienes puedan pagarlo, mientras la gente continúa con su vida diaria como si todo fuera normal. Pese a la presencia constante de un fin inminente en símbolos, discursos y miedos, la amenaza no se vuelve realidad hasta que caen las bombas nucleares. A partir de entonces, marca la experiencia de todos los sobrevivientes.
Dentro de este panorama, Robert House esperaba con anhelo tal devenir. Como director ejecutivo de RobCo Industries y líder autócrata de la ciudad de New Vegas tras el apocalipsis nuclear, cree que el futuro de la humanidad está intrínsecamente ligado a la innovación tecnológica. Bajo su perspectiva, el desarrollo tecnológico sigue una temporalidad propia, cuyas reglas no están sujetas a las de la civilización humana.
No puedo evitar ver a Robert House en los directores ejecutivos de las grandes compañías de inteligencia artificial. Estos son entusiastas del progreso y oportunistas del apocalipsis. A ello se suma el singular hecho de que, al igual que el señor House, algunos de estos empresarios de la utopía tecnológica han mandado construir búnkeres, cosa que no es ningún secreto al estar documentado por varios medios. ¿Para qué escenarios? Ellos lo sabrán. Diría, sin embargo, que esto es síntoma de la sensación de vivir en “tiempos de prórroga”, que describe Francisco Martorell Campos (Contra la distopía, 2021, 21).
El punto es que las voces más influyentes del momento en el sector tecnológico han articulado un discurso del futuro en el que solo parece haber dos caminos posibles: el progreso o la destrucción. Esta retórica se observa, por ejemplo, en Sam Altman, de OpenAI. Un día puede hablar sobre lo excitante que se ve el futuro, una era dorada para el progreso de la humanidad, y al siguiente advertir sobre los escenarios en los que la IA termina por causar el fin de la raza humana.
De igual forma, aparecen patrones similares en las declaraciones y los ensayos de Dario Amodei, de Anthropic. En su ensayo reciente “We must Pace the Frontier” escribió lo siguiente: “Creo que la IA podría curar la mayoría de las enfermedades importantes en los próximos 5–10 años, acelerar enormemente las tasas de crecimiento económico, crear un mundo de abundancia y empoderamiento, y dar paso a un renacimiento de la democracia y la libertad […] Pero, como muchas tecnologías anteriores, la IA conlleva riesgos y, dado que es una tecnología tan poderosa, estos riesgos son serios.”
Este fenómeno tiene antecedentes que radican en los imaginarios existentes sobre las promesas del futuro y el desarrollo tecnológico. Ya en el 2010, Robert M. Geraci, investigador en cultura, religión y tecnología, describía en su libro Apocalyptic AI (2010) la existencia de un movimiento basado en la afirmación de que la tecnología digital traerá un mejor mañana, con máquinas extremadamente inteligentes y con la superación de las deficiencias del ser humano mediante la transferencia de la conciencia a la máquina. Esta creencia, que data de la segunda mitad del siglo veinte, proviene de los propios líderes en tecnología, según señala Geraci. Entre sus características se halla una narrativa con categorías religiosas del apocalipsis judeocristiano, en la que el destino último de la humanidad sería aquel del paraíso celestial brindado por los avances tecnológicos.
Ahora bien, Geraci escribió su libro antes del auge de la IA generativa y su análisis iba dirigido a la robótica y la inteligencia artificial de aquella época. Dicho eso, no creo que sea descabellado pensar en los actuales líderes de la IA generativa (Altman, Amodei o Musk, por mencionar algunos) como una nueva generación de predicadores de la IA apocalíptica, los nuevos señores House. A diferencia de sus antecesores más optimistas, estos individuos no descartan un escenario de aniquilación, el fin de la raza humana, provocado por sus propias creaciones y sin una posible salvación.
Esto resulta significativo, ya que, al contar con ese poder, ellos se asumen sacerdotes o profetas sin un dios (según sus personalidades). La tecnología, su tecnología, puede conducir al ser humano hacia el progreso o a su perdición. Al encabezar tales empresas, asumen el rol, en términos religiosos, del pastor ante su rebaño. Así, pues, solo si se atiende a sus advertencias la humanidad podrá encaminarse hacia un futuro próspero; de lo contrario, caerá en su perdición. Desde esa lógica, la única verdad es que hay solo dos caminos, sin alternativa posible… o al menos eso nos quieren vender.
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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, creador de “El pasado a color”, columnista de El Heraldo de México y colaborador de “El dedo en la llaga”
Contacto: @Ignaciominj