EL ANÁLISIS DE LA IA
Morena no está cerca de desaparecer ni mucho menos de perder automáticamente el poder. Pero sí enfrenta el problema clásico de todo partido que deja de ser oposición para convertirse en sistema: ahora debe responder por aquello que antes denunciaba.
El desgaste no necesariamente se mide todavía en votos perdidos. Se observa en algo más profundo: la distancia entre las expectativas que generó el movimiento y los resultados que sus gobiernos son capaces de entregar.
En 2024, Claudia Sheinbaum obtuvo 35.9 millones de votos, equivalentes a 59.76% de la votación presidencial, mientras Morena por sí solo alcanzó 27.36 millones. Es decir, el oficialismo llegó a la Presidencia con una fuerza electoral extraordinaria.
Pero gobernar transforma las reglas del juego. La seguridad, la corrupción, los servicios públicos, el crecimiento económico y los conflictos internos dejan de ser argumentos contra el adversario y se convierten en responsabilidades propias.
Ahí aparece el primer síntoma de desgaste: los gobiernos estatales de Morena comienzan a cargar con el costo político de sus propios resultados. Casos como Sinaloa, Guerrero, Baja California o Chihuahua muestran que las diferencias internas ya no son simples disputas entre militantes: pueden convertirse en problemas electorales.
Baja California es un ejemplo particularmente revelador. La confrontación entre Marina del Pilar Ávila y Jaime Bonilla, sumada a la controversia por los audios de la gobernadora y la disputa por las candidaturas de 2027, evidencia la dificultad de mantener unido a un movimiento que ya reúne intereses muy distintos.
El segundo problema es la sucesión. Morena tiene hoy demasiados aspirantes y demasiadas posiciones que repartir. Para 2027 hay 17 gubernaturas en juego y el partido registra ya 277 aspirantes dentro de su proceso interno. Las encuestas deberán resolver lo que las negociaciones políticas no siempre consiguen: quién gana y quién acepta perder.
El riesgo es evidente: Morena podría perder más elecciones por sus divisiones internas que por el crecimiento de la oposición.
También existe un problema de percepción. Escándalos de corrupción, acusaciones contra funcionarios y la sensación de que algunas figuras reciben un trato diferente pueden erosionar uno de los principales activos históricos del movimiento: su discurso de superioridad moral.
La detención de Ernesto Ruffo, por ejemplo, abrió precisamente esa discusión: mientras el Gobierno sostiene que se trata de una investigación penal, sectores opositores hablan de justicia selectiva.
Sin embargo, sería prematuro hablar de caída. Morena conserva una estructura territorial formidable y continúa siendo la principal fuerza política nacional.
El verdadero desafío para Morena no es ganar 2027: es demostrar que puede gobernar sin reproducir los vicios del sistema que prometió sustituir.
Si no lo consigue, el desgaste podría comenzar donde históricamente empiezan las derrotas: en la pérdida de confianza de quienes alguna vez votaron por un cambio y empiezan a preguntarse si realmente ocurrió.
IMPORTANTE: El análisis presentado es resultado de una consulta a la Inteligencia Artificial.